jueves, 27 de enero de 2011

Visita a Takuapí Enero 2011

Llegar a Takuapí, desde que hicimos el reclamo por el montecito que flanquea la Comunidad hacia el oeste, es una mezcla de emoción y vacío en el estómago, hasta que se dobla la última curva y el camino muestra la plantación de té que está al ingreso de Takuapí y el monte al fondo que ha sobrevivido un tiempo más…

Este año la sensación se repitió como las veces anteriores, pero al acercarnos al ingreso a la comunidad, se tiñó de sorpresa y desconcierto, al ver una parte del teal abandonado y crecido, y la fracción lindante con el camino de ingreso a la comunidad con matas muy pequeñas vigiladas desde lo alto por las espigadas plantas de maíz… silencioso preanuncio de los cambios que vivió Takuapí en los años que no los visité…

El resto era bastante familiar, el tanque de agua, la escuela nueva con una construcción de ampliación en marcha, las casitas de madera detrás de los árboles de mandarinas, y luego el predio donde estaba la casa de Hilario…

Ahora desde la calle de ingreso se ve un patio de tierra grande y al fondo dos casitas pequeñas, al lado de una construcción grande de madera con piso de ladrillos…

Bajamos y salió a recibirnos Hilario con una sonrisa grande… el cielo estaba plomizo y amenazaba llover, por eso Hilario nos invitó a pasar a ese salón grande que estaba junto a las casitas pequeñas…

Fue muy grande y molesta mi sorpresa cuando levanté la vista desde la puerta amplia de ingreso al salón y mis ojos chocaron con una cruz católica pintada en rojo sangre sobre la pared del fondo blanqueada con cal… en el espacio vacío se veían tres o cuatro bancos de madera con números pintados en las puntas… nosotros nos sentamos en el Nº 9…

- ¿Y esto Hilario? ¿Qué es?

- ¡Ah!! Ese e’ la Iglesia…

- ¿Iglesia?

- Y sí porque…

Y así inició Hilario la narración de los hechos. De cómo un tiempo atrás llegó a la Comunidad un pastor (no recuerdo de qué iglesia) de rasgos orientales y le dijo a Hilario de hacer una iglesia. A lo cual ellos no se opusieron, pero le explicaron al pastor de que ellos tienen su religión, y su Opy…

El pastor no tomó en cuenta los comentarios y construyó el edificio, repartió biblias entre las mujeres y avisó que vendría luego a catequizar y dar la misa…

El hecho fue que cuando volvió se encontró con las biblias tiradas por el piso, algunas rotas o sucias con barro… y se molestó, lo que hizo que Hilario le explicara que la palabra de Dios está muy bien, dice muchas cosas buenas… pero es lo mismo que dice el Dios de los Mby’a también, y que ellos no saben leer, que ellos hacen sus ceremonias cantando, bailando y escuchando al Opy Gua, que no pueden leer y rezar al mismo tiempo…

El pastor se enojó mucho y quizo dar la misa, pero ese día el Opy Gua había llamado a su gente al Opy y todos fueron allá, dejando solo al pastor, que según creo no volvió más…

Ante la narración de estos hechos sentí que varios sentimientos se mezclaron inevitablemente dentro mío… Por un lado el asombro ante la estrechez humana, que aún en este tiempo y con tanto camino andado y palabra entrelazada, aún no logramos aceptar, comprender y valorar la riqueza de la diversidad cultural… ni podemos descolgarnos las armaduras de los conquistadores, y blandimos ante otros seres humanos los mismos discursos y estrategias desde hace 519 años…

Por el otro la satisfacción y la alegría de tener el privilegio de ser testigo de un acto de resistencia desde la sabiduría y la templanza, como la que desplegó la comunidad de Takuapí… porque sin oponerse ni pelear para tratar de demostrar que sus principios y valores son tan válidos como los de los demás, dejaron claro su pensamiento y su voluntad de ser ellos mismos, aunque eso enoje y maldisponga a quienes no comparten su pensamiento…

martes, 22 de junio de 2010

Cambiar los nombres para disimular el hambre...

Cuando comencé a visitar la Comunidad Takuapí, en 2002, fui testigo de la triste realidad de los niños desnutridos.

En Takuapí, en 2002, había casi un 40% de niños con grados de desnutrición II y III. Niños con la pancita grande y redonda, las piernas flaquitas y la piel de las nalgas áspera y arrugadita como un anciano.

La explicación era simple, ya no había monte para que las madres puedan alimentarse como lo hacían antes los ancestros, entonces son flacas y los niños nacen flacos.

Hoy ya no hay desnutrición en la Comunidad Takuapí. Son muchísimos más, están acinados pero no hay más índices de desnutrición. Sorprendente en verdad.

¿Qué ha pasado? Pues simplemente ya no se habla de desnutrición, ahora son niños en riesgo y de bajo peso, esto evita que pasen a formar parte de la lista poco "decorosa" de las estadísticas estatales. Y para los controles se usan "nuevos" métodos de definición a partir del índice de la masa corporal, método que no es apto para niños menores de 6 años.

Cosa interesante, porque justamente los mayores índices de desnutrición en las comunidades indígenas se dan antes de los seis años. Período en el que el niño aún no es escolarizado y depende totalmente de los recursos de su madre y su familia para la alimentación.

Hasta qué punto nos hemos convertido en una sociedad perversa. Realmente da asco.

miércoles, 9 de junio de 2010

Un crimen sin respuesta...

Este año, este mes de marzo, precisamente el 10 de marzo, Takuapí pasó a ser conocida a nivel nacional merced a una tragedia aberrante: el asesinato cruel y macabro de Eliseo Acosta de cinco añitos.

Ante el hecho, Takuapí cobró notoriedad para la sociedad blanca, y todos los medios de comunicación sintieron “interés” por la “realidad” de la Comunidad.

Pero lamentablemente este “interés” solamente se centra en la morbosidad de registrar el hecho con fotografías del lugar y de los familiares compungidos, desencajados, doloridos; maltratados y avasallados en su sufrimiento y en la necesidad de silencio y soledad para el duelo y el acompañamiento del alma a su lugar en el cielo.

La sociedad blanca ya se olvidó la tragedia que significó para otra comunidad, la Comunidad Pindó Poty, cuando arrancaron a un niño de sus padres para trasladarlo a Buenos Aires y realizarle una intervención quirúrgica en el corazón que no sirvió de nada porque Julián igual falleció. Los blancos se olvidan de los aprendizajes y repiten sistemáticamente sus mismos errores, lastimando una y otra vez la espiritualidad de los pueblos originarios. Sumando de esta manera a los graves daños que inflingen por el modelo económico expoliador, una veta profunda de maltrato y desvalorización moral y espiritual.

La Comunidad Takuapí, al igual que todas las demás comunidades, pueblos y personas indígenas, no necesitan la mendicidad del blanco, ni la publicidad morbosa de sus tragedias, ni la hostigación insensible de los investigadores, jueces y policías, que no respetan ni comprenden la profunda conmoción que suscita, hechos como estos, en las personas de la Comunidad.

Todos ellos necesitan que los blancos intenten y logren aprender el respeto, la consideración y la solidaridad silenciosa y profunda para que las cosas logren resolverse de la manera más ágil y con el mínimo de daño colateral posible.

Los aborígenes necesitan ser oídos por los medios con la misma celeridad e interés cuando sus voces se levantan en reclamo de sus derechos a la Dignidad y a la Tierra.

Los miembros de Takuapí anhelan una manifestación de solidaridad sincera, militante y comprometida para que su dolor pueda ser vivido en la Comunidad con tranquilidad; sabiendo que la dilucidación del crimen cuenta con el esfuerzo y el compromiso de todos los actores involucrados para ello, y de la supervisión de todos nosotros, los miembros de la sociedad blanca, que hayamos logrado aprender a sentirnos uno solo, un solo pueblo, una sola nación que busca un futuro de mayor salud espiritual, social y ambiental.